Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de diciembre de 2020

Serpientes gigantes en los campos de Cuba. Más allá de la leyenda

Por Moisés Mayán


Antecedentes y referencias


En mis incursiones en la criptofauna cubana, la “madre de aguas” seguía siendo una asignatura pendiente. Sin embargo estaba absolutamente seguro, que más temprano que tarde, saldría a seguirle el rastro a alguna de estas criaturas, pero el disparo de arrancada no se producía. Aunque los criptozoológos tenemos fama de ser los “pobres tarados” de la comunidad científica internacional, lo cierto es que trabajamos con los mismos presupuestos que nuestros colegas acreditados. De modo que no iba a lanzarme a desarrollar un sistema de pesquisas, sin antes tener un hilo luminoso del cual tirar.


Aunque es desde 1940 cuando en el campo cubano comienzan a colectarse los testimonios referentes a la “madre de aguas”, lo cierto es que esta criatura no pertenece exclusivamente a la mitología cubana, pues ha estado presente en el imaginario de pueblos latinoamericanos e incluso africanos. Fue en 1940 cuando alumnos de Gramática y Literatura del Instituto de Segunda Enseñanza de Sagua La Grande (Villa Clara), coordinados por la profesora Ana María Arriso, se dedican a recopilar historias sobre los avistamientos de la “madre de aguas” de la laguna de Los Hoyuelos.

Hacia 1962, luego ya del triunfo revolucionario, el notable investigador cubano José Seoane Gallo, recoge otro testimonio al entrevistar al obrero José Miguel Rodríguez, vecino del barrio El Condado. Sin temor a dudas los principales aportes para adentrarnos en el enigma de las “madres de aguas” son los compilados por la labor investigativa del etnólogo Samuel Feijóo y que se pueden consultar en su libro Mitología cubana (1980).

Para contar con una representación visual de esta enigmática criatura, desechando todo lo de sobrenatural que gravita sobre la “madre de aguas” y concentrándonos solo en rasgos morfológicos descritos por testigos visuales, podríamos concluir que nos referimos a un ofidio de gran talla, con escamas gruesas y difíciles de penetrar, que en ocasiones ha sido descrito con dos protuberancias en forma de cuernos sobre la cabeza, e incluso con barbas pilosas bajo la mandíbula inferior. En todos los casos la “madre de aguas”, como su propio nombre sugiere, está asociada a manantiales, ríos, lagunas y pozos profundos, por lo tanto podría insertarse en el índice de serpientes lacustres para su estudio criptozoológico.

El Majá de Santa María, un candidato probable

Si vamos a desentrañar la naturaleza de una criatura como esta es bastante probable que nos esforcemos por relacionarla con algún miembro análogo de la fauna local. En ese caso, los votos favorecen al Epicrates angulifer o Majá de Santa María, una boa cubana de color amarillo dorado con manchas oscuras, que constituye el mayor ofidio de todos los que habitan en la Isla. Resulta sumamente curioso que el Majá de Santa María esté incorporado a una mitología popular que nada tiene que envidiarle a la protagonizada por la “madre de agua”.

Majá de Santa María
En primer lugar, muchos guajiros aseguran que el majá siente predilección por el olor y el sabor de la leche materna humana; intentona quizás involuntaria de anexar a nuestra boa a la tradición de mitos clásicos de las llamadas “serpientes mamadoras” que se replican en numerosas culturas desde la antigua Grecia hasta los relatos nórdicos. Otros mitos en torno al Epicrates angulifer, proponen que el ofidio posee la capacidad de acoplar las secciones de su cuerpo separadas por un machetazo, y además lo ubican como sustituto de las serpientes al servicio de los paleros que descienden de las etnias del reino de Manicongo.

El 4 de enero de 2007, el periódico Juventud Rebelde publicaba un artículo sobre el hallazgo en el batey Armonía en Bolondrón, provincia Matanzas, de un ejemplar juvenil de Majá de Santa María con dos cabezas vitales. A pesar del revuelo que produjo este ejemplar, minuciosamente examinado por el Dr. Tomás Ramón Escobar Herrera, por ese entonces director del Zoológico Nacional, lo que nos parece más interesante es por ejemplo, que en la Amazonía  la “madre de aguas” se ha bautizado como Yacu-mama y de acuerdo a lo publicado por Gina Picart en su blog Hija del Aire, “se dice que es una serpiente acuática de dos cabezas, con un cuerpo enorme y cilíndrico que puede medir hasta 30 metros y devora a quienes se bañan en las aguas donde habita”.

Un año después, el 1ro de julio de 2008, nuevamente el Majá de Santa María volvía a acaparar titulares en el Juventud Rebelde, esta vez luego que un ejemplar de aproximadamente un metro de largo mordiera a la niña Adis Amelia González Tillán de seis meses de nacida mientras dormía en su casa del municipio Cerro en La Habana. El animal atraído quizás por el olor de la leche materna, repitió varias veces sus visitas a la cuna de la pequeña hasta que el padre lo descubrió y lo eliminó valiéndose de su machete. La pregunta que se impone en este momento de la narración es si podemos atribuir el mito de la “madre de aguas” al Majá de Santa María y zanjar esta polémica que lleva siglos enraizada en imaginario del campesino cubano.

En la línea de arrancada

Como les dije con anterioridad no había tenido tiempo para dirigir mis inquietudes científicas a la presunta “madre de aguas” y me encontraba focalizado en críptidos cubanos más convencionales como el carpintero real (Campephilus principalis bairdii) o el almiquí (Solenodon cubanus). Esperaba pasivamente un pretexto para hincar los colmillos en el tema de las desmesuradas serpientes de los campos cubanos, mientras devoraba un libro tras otro sobre religión en busca del necesario marco teórico de mi tesis de Maestría. 

Fue entonces cuando tropecé con una rarísima publicación, el ejemplar único del libro Nuestras raíces adventistas de la Máster en Teología Sara Zaldívar Zaldívar, quien trazaba a grandes rasgos un itinerario de la Iglesia Adventista del Séptimo Día desde su organización en los Estados Unidos en 1863 hasta su asentamiento en el entorno cubano y holguinero.

En la página 64 del único ejemplar del referido título, que además fue impreso por medios propios y para consumo de unos pocos allegados, descubrí la siguiente incitación, que constituiría el ansiado detonante de mi búsqueda de la “madre de aguas”:

El ciclón Flora hizo estragos en las localidades cercanas, como Cauto Cristo. Allí se encontraba la familia adventista de los Montejo. Su casa se anegó en agua, y vieron como entraba por una puerta y salía por otra un gran animal nadando, se le pareció a un cocodrilo”.

¿Por qué a partir de este fragmento determiné que había llegado el tiempo de iniciar las exploraciones? Bueno, para responder a esa pregunta, debo compartirles otra anécdota que me relató Luis Alberto Isidor, también miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Según me narraba este amigo, cuando el ciclón Flora azotó el Oriente de Cuba en el año 1963, una familia de campesinos adventistas de la zona de Cauto Cristo, sorprendidos por la súbita crecida del río Cauto, no tuvieron otra alternativa que escalar al techo de guano de su casa mientras esperaban por las brigadas de rescate y salvamento.

De pronto, notaron que en aquel océano de sedimento venía flotando el tronco de una palma. Cuando estuvieron más cerca del objeto descubrieron que la supuesta “palma” se movía de forma extraña, y solo entonces se percataron que no se trataba de un tronco, sino de una serpiente gigante. Las mujeres entraron en pánico y amenazaron con lanzarse al agua buscando alejarse del animal, sin embargo el ofidio envolvió su cuerpo a las ramas de un árbol y permaneció unos minutos observándolos fijamente con sus grandes ojos amarillos. Luego se soltó de las ramas y siguió nadando arrastrado por la corriente.

El ciclón Flora fue algo así como la versión cubana del diluvio bíblico, pues además de un millar de víctimas, arrasó con viviendas, puentes, miles de caballerías de arroz, campos de caña, cafetales, servicio eléctrico, e incluso Fidel Castro sufrió un accidente cuando el vehículo anfibio donde viajaba se hundió en el cruce del río La Rioja. Es común que ante el paso de estos eventos naturales, algunas especies sean desplazadas de sus hábitats y aparezcan en zonas desacostumbradas, por lo tanto los avistamientos de grandes animales nadando en las aguas del Cauto durante el Flora, poseían cierta explicación factible.

Con estas dos contribuciones al fenómeno de la “madre de aguas” le pedí a Sara Zaldívar, que de ser posible me revelara la identidad del informante que le había transferido la anécdota recogida en su libro y ella me facilitó un nombre, Aracelis Sánchez. En el caso de Luis Alberto Isidor, solo amplificaba un relato que llegó hasta él producto de la tradición oral, pero no conseguía aportar un informante en particular, de manera que me dispuse a visitar cuanto antes a Aracelis Sánchez. Con las preguntas iniciales a esta amable anciana de más de ochenta años, pude determinar rápidamente que sus aportes no irían más allá de lo mencionado en el libro de Sara Zaldívar; es más, ni siquiera había sido ella la que presenció el raro animal, sino la familia Montejo, con los que mantenía relaciones de parentesco.

Información de primera mano

Un poco desanimado, me puse en pie para concluir con la visita cuando Aracelis me anunció que sus primas Élida y Eva Montejo sí habían observado la criatura en 1963, que ambas estaban vivas aunque muy mayores, y que de Eva, tenía no solo la dirección sino también el número teléfono. Casi doy un salto en la pajilla del sofá donde permanecía sentado junto a mi esposa. Aracelis se levantó del balance y regresó con una pequeña libreta de notas que temblaba en sus manos. Yo mismo localicé los datos, agradecí, y tres minutos después estaba llamando a Eva Montejo.

El hombre que salió al teléfono me pidió que le hablara alto, pues producto de la edad, Eva afrontaba serias limitaciones con su audición. En cuanto la voz quebradiza de la anciana sonó del otro lado de la línea, supe que no había elaborado un argumento convincente para que me abriera las puertas de su casa, y accediera a ser interrogada. Imaginen que digo algo como esto: “Hola Eva, soy un criptozoólogo y ando tras la pista de una serpiente gigante conocida como ‛madre de aguas’, además tengo buenas razones para asegurar que lo que atravesó su casa en octubre de 1963, no fue ningún cocodrilo sino una de esas enigmáticas criaturas, ¿cree que puedo entrevistarla?”

Ya sé que les suena descabellado, así que preferí aferrarme al vínculo que de alguna forma nos unía a Sara Zaldívar, Aracelis Sánchez, Eva Montejo y a mí, la Iglesia Adventista del Séptimo Día. “Producto de la cercanía del fin de año estamos visitando a algunos hermanos que no pueden asistir a la iglesia, y nos gustaría conversar con usted”, fue todo lo que dije, algo que era además una verdad irrefutable. Cuando Eva Montejo colgó el teléfono, yo contaba con una carta ganadora en mi poder. Un día, miércoles, y una hora, dos y treinta de la tarde.

El autor, Moisés Mayán

Aunque no lo crean, entre este párrafo y el anterior hay setenta y dos horas de diferencia. He estado comiéndome furiosamente las uñas y caminando de aquí para allá sin conseguir concentrarme en otro objetivo que no fuera la visita a Eva Montejo. Anoche me levanté a las dos de la madrugada y a pesar de zamparme un ansiolítico no pude conciliar el sueño. Lo que en verdad me mantenía en vigilia no era tanto el hecho de encontrarme con Eva Montejo, sino la posibilidad de que su testimonio desarticulara la hipótesis en la que se fundamentaba mi trabajo de investigación. Eva y su hermana Élida, quien me aseguraron vivía todavía en la región de Cauto Cristo, provincia Granma, eran presumiblemente las únicas dos personas que habían visto en todo el Oriente del país una “madre de aguas”, y tomando en consideración que Luis Alberto Isidor no podía facilitarme un ser de carne y hueso apuntalando su relato, más que un informante clave, Eva se convertía en mi única fuente primaria.

Ya sé que a los cubanos no nos distingue la puntualidad, pero a las dos de la tarde yo estaba sentado en la sala del apartamento de Eva Montejo, mientras su esposo le anunciaba que había llegado la visita. Sostenida por su compañero de la vida, Eva irrumpió en la sala auxiliándose de un bastón metálico con empuñadura plástica. Su apariencia era tan frágil que por unos segundos pensé que no podría llevar a cabo nuestra conversación. “¿Usted fue el que llamó por teléfono?”, me pregunto mientras se acomodaba los cojines en la espalda. Asentí con la cabeza y acerqué mi butaca a su asiento para que pudiera escucharme mejor. Era el 9 de diciembre de 2020.

Efectos del ciclón Flora en Cuba (1963)

Necesitaba regresar a un episodio puntual ocurrido cincuenta y siete años antes, y además reunir el mayor número de detalles posibles. Era una tarea titánica, pero ya que había llegado a ese punto me disponía a proseguir hasta el final. “Era octubre de 1963, el ciclón Flora cruzaba por el Oriente de Cuba y las fuertes lluvias provocaban inundaciones severas. Las aguas del río Cauto subieron desproporcionadamente y llegaron hasta el caserío de Pestán…” En ese punto Eva me interrumpió: “Fue algo terrible, parecido a un diluvio, la gente se subía a los techos, dentro de la casa el agua nos llegó hasta las rodillas”. “¿Y quiénes estaban con usted?” “La familia, mi padre, mis hermanos, mi madre no, porque estaba ingresada en Bayamo. Todos éramos cristianos”. “¿Y Élida estaba ahí?” “Sí, Élida también”. “¿Ella vive todavía en Cauto Cristo?” “Sí, pero tiene un hijo muy enfermo, pobrecita”.

El esposo se puso en pie justo detrás de Eva y me aclaró que Élida había muerto recientemente, pero que preferían que ella no se enterara. Tomé una bocanada de aire helado y me dispuse a afrontar el núcleo duro de la entrevista. “Según me contó su prima Aracelis, ustedes vieron un animal muy grande que entró nadando a la casa”. “¿Un qué?” (Pensé una vez más que la investigación se iría a pique). “Un gran animal que entró nadando por una puerta y salió por la otra”. “Ah, sí fue algo muy grande, largo, rollizo, con la piel manchada, pero no me dio miedo. Atravesó en silencio toda la casa”.

“¿Se le parecía a algún animal conocido?” “No sé, solo que era muy grande y alargado”. “¿Sus familiares qué opinaron sobre esa criatura?” “Nada, ellos no lo vieron, solo yo lo vi. Es increíble que Aracelis se acuerde de esa historia”. “Hay también un libro donde se narra brevemente su encuentro con el animal”. “¿Sí?” “Sí, se dice incluso que era un cocodrilo”. “No, no era un cocodrilo, era otra cosa. Recuerdo muchos detalles de ese día. Vino a visitarnos un muchacho en su caballo y luego nos enterábamos que se había ahogado, fue muy doloroso”.

En la punta de la lengua me escocía una incógnita más: ¿Sería como una serpiente gigante? ¿Una serpiente mucho más grande que cualquier Majá de Santa María que usted hubiera visto? Pero temía estar manipulando un testimonio de tanto valor, así que di por terminada la entrevista, sintiéndome absolutamente satisfecho. En primer lugar porque poseía la seguridad de que aquel misterioso animal no era un cocodrilo. En segundo, porque recientemente había estudiado la ictiofauna de la región biogeográfica del Cauto, y por esa fecha, ningún pez podría exhibir esa talla, y mucho menos, una piel moteada. En tercero, porque contaba con una historia complementaria de la misma zona, durante el mismo fenómeno climatológico, donde una familia de campesinos había avistado desde el techo de su casa una serpiente que inicialmente confundieron con una palma.

A modo de conclusiones

El Epicrates angulifer puede llegar a medir unos seis metros de longitud, y a simple vista su cuerpo exhibe manchas de color marrón o amarillo oscuro, pero me parece que hacerlo coincidir con la criatura que protagonizó estos dos avistamientos sería poco menos que arbitrario. Si bien, el presente trabajo y las decenas de testimonios recopilados en Cuba desde 1940, no constituyen pruebas definitivas de la existencia de la “madre de aguas”, quizás si apunten a la presencia de boas gigantescas en nuestros campos, un hecho que los científicos convencionales no están dispuestos a admitir. Se creía mayoritariamente que las “madres de aguas” se habían asentado por la caprichosa evolución de la leyenda en el centro de la Isla, sin embargo en Oriente donde se encuentran el río más caudaloso de Cuba, el Toa, y el más largo, el Cauto, las referencias a este legendario ser son casi nulas.

Podemos afirmar con incuestionable certeza que desde hace unos sesenta años no se reportan avistamientos de la “madre de aguas” en el archipiélago, por lo tanto quizás estemos asistiendo a la paulatina desaparición de un mito que no preocupa en lo más mínimo a las jóvenes generaciones. Sin embargo, en julio de 2020 la prensa cubana anunciaba el descubrimiento de una nueva especie de serpiente la Tropidophis steinleini sp. nov, quien hasta la fecha no tiene nombre común. Según el propio artículo, “la única hembra conocida se asoció con una vegetación xérica formada por baja sequía, matorrales y cactus, en los alrededores costeros semidesérticos del faro de Punta Maisí. La serpiente fue encontrada en el borde cementado de un pozo, probablemente en busca de agua”.

Tropidophis steinleini sp. nov

Aunque no estamos hablando de un ofidio gigante, la aparición de una nueva especie deja siempre abierta la posibilidad de que existan muchas otras que aún no han sido catalogadas y autenticadas por un comité de expertos. Por el momento las serpientes gigantes en Cuba continuarán ovilladas en los oscuros pozos del folclor campesino, un patrimonio intangible al que deberíamos aferrarnos con uñas y dientes. Cuando a fines de 2019, el grupo de teatro Los cuenteros de San Antonio de los Baños en Artemisa, llevó a escena ―como celebración por sus cincuenta años― la obra Cyriano y la madre de aguas, quise pensar que todavía no hemos renunciado por completo a ese mundo de fabulación incesante que arraigó en nuestros campos plantado por la buena mano del guajiro.

Agradecí al excelente dramaturgo matancero y amigo personal, Ulises Rodríguez Febles, por la escritura en 1998 de Cyriano y la madre de aguas, y mientras abrazaba quizás por última vez a Eva Montejo, en una fría tarde de diciembre, volví a ver a través de sus ojos, aquel extraño animal, largo y rollizo, con la piel manchada, que por lo menos para mí, será siempre una “madre de aguas”.

 

Bibliografía consultada:

Feijóo, Samuel: Mitología cubana, Letras Cubanas, La Habana, 2003.

Periódico Juventud Rebelde, (4 de enero de 2007, 1ro de julio de 2008, y 21 de septiembre de 2008).

Picart, Gina: “Madre de agua a la cubana” en blog Hija del Aire, 4 de agosto de 2010, disponible en https://ginapicart.wordpress.com/2010/08/14/madre-de-agua-a-la-cubana/

Revista de folklore, Fundación Joaquín Díaz, No. 449, España, julio 2019.

Rivero Glean, Manuel y Gerardo E. Chávez Espínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005.

Zaldívar, Sara: Nuestras raíces adventistas, Impreso por medios propios, Holguín, 2017

www.cubadebate.cu/noticias/2020/07/25/una-nueva-especie-de-serpiente-para-cuba-fue-hallada-en-punta-de-maisi/


miércoles, 29 de abril de 2020

El hombre que vio al último carpintero real, por Moisés Mayán


Pareja de carpinteros reales 
capturados a fines del siglo XIX
por Juan Cristóbal Gundlach, 
naturalista cubano nacido en Alemania
Mis primeras visitas a Pinares de Mayarí, Farallones de Moa y La Melba, no tuvieron el propósito confeso de observar aves, sino de cumplir con una indicación del Instituto Cubano del Libro, la denominada Feria del Libro en la Montaña. Mis incursiones en esos sitios comprendidos dentro del Plan Turquino del oriente de Cuba, tenían como objetivo compartir poemas con los lugareños, y montar algún improvisado puestecito de venta de textos. Naturalmente, en cuanto terminaban aquellas agotadoras sesiones y mis compañeros aprovechaban para darse un buen chapuzón en los ríos menos contaminados del planeta, o zamparse la carne blanca de los cocos, yo, cámara en mano, me introducía en el monte.


Pronto descubrí que mis observaciones precisaban de un soporte bibliográfico, pues aunque el trabajo de campo era definitivamente inspirador, no rendiría los frutos necesarios si no lograba clasificar lo que tenía delante de mis ojos. Los gérmenes de la investigación infectaron mi sangre en esas caminatas bajo los bosques pluviales del Parque Nacional Alejandro de Humboldt.

El pasado septiembre, un joven cubano que cursa un doctorado en Literatura Clásica en la Universidad de Salamanca me contactó para realizar una serie de observaciones de aves en mi provincia de residencia, Holguín. Él disponía de ciertos medios utópicos para mí: un auto de renta, unos binoculares profesionales y una cámara con teleobjetivo autoajustable. Al mes siguiente le devolví la visita y desandamos por la ribera del Tormes en busca de especies de interés.

Cubierta del libro "En
busca del carpintero real
en el oriente de Cuba"
 
Al percatarme que apenas podía asentir con la cabeza mientras él me señalaba algún ejemplar oculto en el follaje, resolví protagonizar un maratón de lecturas básicas sobre cuestiones ornitológicas. En pocas palabras, necesitaba alfabetizarme al respecto. Aunque había escuchado en incontables ocasiones hablar del carpintero real, y podía identificarlo sin temor a equivocaciones en cualquier guía ornitológica, mis conocimientos sobre esta legendaria especie eran más bien difusos. 

Entonces, justo antes de naufragar en el universo YouTube, descubrí un video de 5:27 minutos de duración, que hacía las veces de demo promocional del libro En busca del carpintero real en el oriente de Cuba, de Alberto R. Estrada. Absolutamente fascinado por el audiovisual fui a darme de bruces contra el texto que anunciaba: "Este libro solo está disponible en Amazon.com y en Amazon Kindle". En los últimos ocho segundos mi esperanza de consultar el texto se desvaneció.

¿Cómo puede un cubano que vive en la Isla hacerse con un libro de Amazon? Con cierta experiencia en la descarga de bibliografía electrónica en diversos formatos, desemboqué en Amazon, y lo único que logré fue realizar una captura de pantalla de la cubierta del libro. Devoré todo lo publicado en Wikipedia, Ecured, en las versiones digitales de la revista Flora y Fauna, en El pitirre (Boletín de la Sociedad Caribeña de Ornitología), en varias tesis de doctorados y maestrías, e invertí mis escasas horas de conexión quemándome las pestañas frente a la pantalla de mi laptop. En ocasiones, bastante maltratado por las intensas jornadas de navegación, que les aseguro corroen más que abrirse paso en los húmedos senderos de La Melba, hacía clic en la Web de Amazon y observaba En busca del carpintero real… Solo por aquello de que vista hace fe.

Una de las grandes revelaciones que experimenté durante esos meses fue toparme con la extensa crónica "¿Podemos encontrar en Cuba al carpintero real?"[1] Bajo ese sugerente título, Mac McClelland relataba la expedición de un observador de aves, un ornitólogo, una escritora y un fotógrafo a Ojito de Agua, el mismo destino donde en 1986 Alberto R. Estrada y Giraldo Alayón habían avistado carpinteros reales. El observador de aves y el ornitólogo eran nada más y nada menos que Tim Gallagher y Martjan Lammertink, dos viejos conocidos de aquel video promocional de 5: 27 minutos. El relato de unas quince cuartillas, revelaba la participación indirecta de otro coterráneo, el especialista en Historia Natural y fotógrafo, Carlos Peña.

Lo más llamativo del trabajo de McClelland, pese al fracaso de la expedición, era que esta nueva búsqueda se había realizado en fecha tan cercana como 2016. El 23 de febrero de 2020, mientras atravesaba con mis hijas un raquítico bosquecito en plena ciudad, encontré el cuerpo recién abatido a pedradas de un carpintero jabado o antillano (Melanerpes superciliaris), pretexto que me bastó para teclear frenéticamente el artículo "¿Encuentro real con un carpintero o carpintero real el desencuentro?", que apareció publicado una semana más tarde en el blog Criptozoología en España[2].

Alberto R. Estrada en septiembre de 1983 durante una expedición en busca del carpintero real

Luego, la pesadilla global del coronavirus confinó a media humanidad a las cuatro paredes de sus viviendas y volví a la carga con los carpinteros reales. En mi regreso a Amazon reparé en la sugerencia de seguir a Alberto R. Estrada a través de ese barrio virtual que es Facebook. Lo había intentado otras veces sin resultados halagüeños, pero no soy de darme por vencido a la primera, ni a la segunda… Redacté una breve nota, a vuelo de pájaro (nunca mejor dicho), algo así como un mensaje en una botella y lo arrojé al océano proceloso de internet. Tres minutos más tarde, Alberto contestó.

Con una afabilidad a toda prueba, el autor se mostraba dispuesto a facilitarme de inmediato una versión electrónica de su libro. Era tan sencillo como enviarle mi dirección de Gmail y cruzar los dedos para que la precaria conexión me permitiera descargar los poco más de 22 megas del archivo. El documento constaba de 144 páginas, que se evaporaron demasiado rápido frente a mi avidez de lector. El hombre que había estado en más 10 expediciones en busca del Picamaderos Picomarfil, el mismo que el 12 de marzo de 1986 a las 4:40 de la tarde, vio durante unos 10 segundos el vuelo de una hembra de carpintero real, me permitía acceder a su trastero y husmear un poco, no podía sentirme menos que privilegiado.

En busca del carpintero real en el oriente de Cuba, más que un libro, es una butaca en primera fila, un boquete intemporal que nos permite, desde la cómoda postura del lector, acceder a la retirada de una de las maravillas indiscutibles de la fauna cubana, el Campephilus principalis bairdii. Después de zamparme el texto de golpe, no comprendía como el periodista cubano Félix Guerra pudo desde las páginas de Bohemia, descreer de los avistamientos, pues si algo rezuma el libro de Alberto R. Estrada, es sinceridad. Como los goteantes helechos de Monte Iberia, donde clasificaba las nuevas especies de anfibios colectadas, así son sus testimonios.

Foto de una hembra de 
Carpintero Real tomada 
en 1948 por John Denis 
en  Pinares de Mayarí 
(Holguín, Cuba) 
El volumen está a salvo de cualquier pretensión, científica o literaria, es sencillamente un corte en la realidad, una muestra sobre el portaobjetos, el mapa de un hombre en el terreno. ¿Por qué no tenemos una fotografía? ¿Por qué casi una decena de avistamientos no legó a la posteridad una sola imagen del ave? La respuesta es simple, ni Alberto, ni su libro, ni el carpintero real, necesitaban esa fotografía. Lejos de actuar como argumento para rebatir la veracidad de los relatos, la ausencia de esa prueba, los apuntala y consolida. ¿Cuánto tiempo le hubiera demorado al autor manipular una imagen y restregarla en las narices de sus detractores? Los que hemos observado con detenimiento la foto de George Lamb en las inmediaciones de Moa en 1956, sabemos que sería solo cuestión de minutos.

El carpintero real posee un perfil tan acentuado que no sería demasiado embarazoso falsear una imagen. Basta con retocar un poco la silueta de un carpintero de gorro y hoy la foto de Estrada estaría en cientos de catálogos de ornitología, dándole la vuelta al mundo con aire de misterio y exclusividad. Sin embargo, Alberto no sucumbió a la tentación de adjudicarse una imagen apócrifa. Es un hombre y su circunstancia, eso le basta y debería bastarnos a nosotros. En su libro enuncia a pecho descubierto, sin dobleces, ni máscaras, lo siguiente: "Cada uno de los que fuimos protagonistas de esta historia, sabemos qué parte es verídica y qué otra es sólo leyenda"[3].  
No hay filigranas en quien escribe, el camión Gaz 66 está listo para partir a las montañas, y Alberto nos extiende la mano al abordar la escalerilla. Sin reparos, ni autocensuras, comparte con los lectores: croquis de las regiones exploradas, mapas, permisos técnicos de caza, autorizaciones de la Academia de Ciencias de Cuba, notas manuscritas, recortes de prensa, y toda una galería de fotos de incalculable valor. No se reserva para sí nada que pueda sernos de utilidad; no encuentro para esa actitud otro calificativo que altruismo.

Precisamente, deteniéndome en las fotos, advierto que el Museo de Historia Natural "Carlos de la Torre" de la ciudad de Holguín, poseyó entre sus colecciones una pareja de carpinteros reales capturados a fines del siglo xix por el naturalista Juan Cristóbal Gundlach. La pregunta es ¿dónde están esas piezas de taxidermia que mostraban un saludable estado de conservación en la instantánea de Ji Forrest? He revisado de arriba abajo y de izquierda a derecha la sala de aves de este museo, y no hay rastros de la pareja. ¿Se extinguieron también los ejemplares sometidos a taxidermia?

El biólogo cubano Alberto R. Estrada,
vive actualmente en Florida (Estados
Unidos) y se desempeña como escritor
independiente
Con el transcurso de los años, después de publicar una decena de poemarios, de asumir como oficio el espinoso proceso de la edición, y de integrar no pocos comités de lectores, me he vuelto incrédulo con los libros. Sin embargo, en las casi tres horas que emplee en la lectura de En busca del carpintero real en el oriente de Cuba, he permanecido con las alarmas desconectadas, y todas mis fortalezas de lector, arrasadas. Recostado en mi cama, desplazando las yemas de los dedos por la pantalla del teléfono, he sido víctima de un gozo inaugural, primigenio, he visto al picamaderos posarse enérgicamente en el tronco de un pino seco. Doy fe de ello. La imagen de "lector macho" que me había creado a fuerza de múltiples lecturas, se hizo astillas con cada página.

Todavía con el vértigo en los párpados, un amigo me remite desde Washington, la foto de una pareja de carpinteros norteamericanos (Dryocopus pileatus), tomada específicamente detrás de los edificios del Center for Hellenic Studies. Impresiona el parecido entre esta especie y el carpintero real. Recuerdo sin esfuerzo, la jerga campesina del minero Alberto Garzón, cuando le mostraron las láminas del carpintero de gorro, y me percato en ese momento que el libro ha socavado mi realidad. Quizás porque el texto no le pertenece ya a Alberto R. Estrada, es propiedad de nosotros, sus lectores, hombres y mujeres que nos dedicamos al estudio de la flora y fauna del archipiélago cubano. Esos que hemos visto al ave franquear rauda el bosque de nuestros sueños.

Alberto ha forjado un monumento a la memoria de un rey, el picamaderos picomarfil, la rareza que encabezaría cualquier relación de críptidos cubanos, y creo, a pie juntillas, que ese hombre afable de tupida barba cana, posee el peculiar récord de haber visto "a ojo pelado" el último carpintero real que vivió sobre la tierra.

[3] Alberto R. Estrada: En busca del carpintero real en el oriente de Cuba, pág 131, (Disponible en Amazon).

Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor. Ha publicado los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013), y Raíz de yerba mate (2015). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Colaborador asiduo de boletines, revistas y blogs de temáticas diversas. Aficionado a la criptozoología y a la pesca deportiva.




Para saber más:

Muchas gracias a Moisés Mayán por querer publicar su nuevo artículo en Criptozoología en España. Si deseas leer los demás trabajos de este genial investigador puedes hacerlo en los siguientes enlaces:

¿Encuentro real con un carpintero o carpintero real, el desencuentro? ( mar.2020)


miércoles, 4 de marzo de 2020

¿Encuentro real con un carpintero o carpintero real, el desencuentro?, por Moisés Mayán


Moisés Mayán
Esa mañana creí ser Walter Boles. Después de un viaje de seis semanas estudiando las aves y reptiles del norte del continente, Boles y sus compañeros de viaje se detuvieron al borde de la autopista 83 para observar una bandada de canasteras patilargas, cuando de repente, a los pies de este reconocido ornitólogo, apareció el cuerpo de un papagayo nocturno australiano. La especie se consideraba extinguida, pues desde 1912 cuando había sido capturado un ejemplar, nunca más se habían tenido noticias del misterioso pájaro. Lo absolutamente curioso es como el 17 de octubre de 1990, el cadáver del papagayo nocturno fue a dar con las botas de Walter Boles.

El pasado domingo 23 de febrero, realizaba junto a mis hijas y una de sus amigas, un trayecto de unos dos kilómetros hasta casa de su abuela materna. De repente y sin planificación previa, determinamos atravesar un bosquecillo de árboles de mediana altura, donde había avistado semanas atrás un solitario garzón (Ardea alba). El término "bosquecillo" a pesar del diminutivo sigue siendo un eufemismo, pues nos referimos a una zona bastante transitada, donde los vendedores de cerdos y pavos pululan de un lado a otro, y casi todos los fines de semana se emplaza un termo para la venta de cerveza a granel.

En fin, después de localizar el delgado cuello de la garza real, vieja conocida también de mis hijas, tropecé de pronto con el cuerpo de un carpintero antillano o jabado (Melanerpes superciliaris). Aunque el carpintero jabado es la más común de las subespecies de carpinteros endémicas, no es usual observarlo en una ciudad de casi medio millón de habitantes. El cuerpo estaba todavía flácido y las hormigas se encontraban en fase exploratoria.

Foto: Moisés Mayán
Entonces me incliné para hacerle algunas fotos, y descubrí casi al instante, que los percances que siempre imputan a las fotografías de criaturas de interés criptozoológico, no tienen nada de artificioso. La cámara de mi teléfono permanecía ciega, como en pleno eclipse, así que sin salir del asombro lo reinicié, solo para descubrir que la batería comenzaba a parpadear. Enfoqué el cuerpo del carpintero y con menos de diez por ciento de carga, realicé un disparo. El teléfono se apagó de inmediato.

Entre mis hijas y su amiga tenía tres teléfonos más a mi disposición, así que las interrogué para conocer las propiedades de sus cámaras. El resultado era frustrante, pero apunté como pude con el teléfono de mi hija menor e hice blanco en la maraña de plumas blanquinegras del jabado. En cuclillas, mientras los vendedores de cerdos me espiaban con desconfianza, palpé el cuerpo del ave hasta que encontré una perforación a la altura del pecho. Como suponía, el carpintero había sido abatido por un tirapiedras, o sea, una horqueta de madera a la que adosan dos bandas de goma y un rectángulo de cuero. La creciente proliferación de tórtolas de collar (Streptopelia decaocto) en ambientes urbanos a todo lo largo de la Isla, ha traído como consecuencia el surgimiento de cazadores improvisados, en su gran mayoría niños y adolescentes que abrevian el ocio disparando a cuanto animal se les ponga a tiro.

De llegar solo media hora antes, es posible que hubiéramos visto al carpintero moverse con gracilidad entre las ramas, mientras sus victimarios seleccionaban el proyectil. Levanté el cuerpo emplumado de la hierba, y me percaté que no conocía a ningún taxidermista en la ciudad, y por lo tanto era un total iletrado en cuanto a la forma de preservación de semejante ejemplar, lo único que se me ocurría era embutirlo en la nevera como un pollo. La preservación a ultranza, es otra de las exigencias que hacemos a menudo a aquellos que en regiones remotas de la tierra, espesas selvas o procelosos ríos, han localizado restos de especies desconocidas.

Foto: Moisés Mayán.

Me pregunté si los muchachos que la habían emprendido contra el jabado tenían nociones sobre su endemismo, y si sabían que precisamente en el mes de febrero estas aves inician su temporada reproductiva. Mis hijas y su amiga veían por primera vez un pájaro carpintero fuera del Loquillo creado por Walter Lantz. Por suerte, cuando llegué a casa y revisé las fotos en detalle, se podía apreciar el píleo rojo (penacho o corona), que tanto distinguió a quien es en la actualidad nuestro más célebre críptido, el carpintero real o picamaderos picomarfil.

En septiembre de 2019 visité el Parque Nacional La Mensura, en Pinares de Mayarí, en el Oriente de Cuba, el mismo sitio donde en 1948, John Dennis fotografió un carpintero real (Campephilus principales bairdii). En junio de 2018 había desandado desde los Farallones de Moa hasta la intrincada comunidad de La Melba, tratando de reconstruir la ruta de los esposos Nancy y George Lamb, quienes fotografiaron un ejemplar en 1958. Por supuesto, aquellas travesías, más que fantasear con la utópica posibilidad de toparme con un carpintero real, procuraban convertirse en un silencioso homenaje a los hombres y mujeres que durante más de 60 años observaron al ave en su último refugio.

Además, mientras recorría resbaladizos senderos a la sombra húmeda de los bosques pluviales, no conseguía sustraerme al influjo de saber que allí anidaron los monarcas de la ornitología cubana. Como si no fueran ya suficientemente atractivos, en esos parajes del Parque Nacional Alejandro de Humboldt, habita una pequeña población de almiquíes (Sonelodon cubanus), un sobreviviente del período Cretácico. Lo ineludible es que a pesar los avistamientos y de la persistencia de quienes afirman haber escuchado su canto, el carpintero real fue declarado extinto en 1994.

Carpintero real
En fecha tan próxima como 2016, el ornitólogo norteamericano Tim Gallagher, el observador de aves de origen holandés Martjan Lammertink, una escritora y un fotógrafo aterrizaron en el aeropuerto Frank País de Holguín, la ciudad donde nací, con una misión expresa, encontrar al carpintero real. Un campesino, en el corazón de las montañas de Moa, en un sitio conocido como Ojito de agua, juraba haber visto un carpintero real en 2008, mientras en 2011 confirmaba la presencia de su canto. Las extenuantes jornadas de interrogatorios a posibles testigos, observación y uso de imitadores de sonido, no produjeron resultados halagüeños, y la expedición reafirmó las sospechas de que la especie se encuentre irremediablemente desaparecida.

¿Se percatan por qué el papagayo nocturno australiano reapareció a los pies de Walter Boles y no de cualquier otro de sus veintitrés millones de compatriotas? ¿Por qué el carpintero jabado topa con mis zapatillas deportivas en una caminata de rutina? Boles, rescata el ejemplar de la suciedad del arcén, remueve las hormigas e informa al mundo del descubrimiento. Yo, salvando todas las distancias, examino detalladamente el cuerpo, tomo algunas fotografías, les declaro a mis hijas y a su amiga la urgencia que tenemos en Cuba de la anunciada Ley de protección animal, y en medio de la noche mientras mi esposa duerme, escribo estas palabras pensando en esos adolescentes que deambulan por la ciudad con tirapiedras y lapidan especies valiosas por el simple placer de matar.

Quienes a fines del siglo xix diezmaron la población de carpinteros reales con el objetivo de vender los ejemplares a coleccionistas, y las empresas madereras que promovieron la tala de bosques de pinos maduros, nos privaron de contar con el picamaderos picomarfil en el presente. ¿Qué decir de estos "cazadores actuales" a los que les basta abatir al ave y dejarla agonizante al pie del árbol? Antes de terminar este texto, hago clic en mi reproductor de audio y escucho por enésima vez el canto grabado de un carpintero real, canto que quizás nunca más estremezca la calma de la campiña cubana. El domingo 23 de febrero de 2020, mis dedos se mancharon con la sangre de un carpintero jabado, que como ustedes han podido comprobar, no fue a parar a mis pies por casualidad.



Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor. Ha publicado los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013), y Raíz de yerba mate (2015). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Colaborador asiduo de boletines, revistas y blogs de temáticas diversas. Aficionado a la criptozoología y a la pesca deportiva.




Para saber más:

Muchas gracias a Moisés Mayán por querer publicar su nuevo artículo en Criptozoología en España. Si deseas leer los demás trabajos de este genial investigador puedes hacerlo en los siguientes enlaces:


martes, 6 de noviembre de 2018

Teo Espinosa, pionero de la criptozoología cubana, por Moisés Mayán


Estamos de enhorabuena. Moisés Mayán, amigo y colaborador de Criptozoología en España, publica en nuestro blog un nuevo e interesante artículo. Mayán –escritor, poeta, editor, investigador, criptozoólogo- bucea en los inicios de la criptozoología cubana para rescatar la olvidada figura de Teo Espinosa, el pionero de la divulgación del fenómeno de los animales extraños en la isla caribeña.
Disfruten de la lectura…


Teo Espinosa: pionero de la criptozoología cubana

Para V. Ponce
Por Moisés Mayán

Según la teoría del escritor húngaro Frigyes Karinthy, solo existen seis grados de separación entre una persona y otra. O sea, cinco intermediarios entre tú y ese ser que intentas localizar por todos los medios posibles. No importa en qué región del planeta se aíslen, Donald Trump, el Papa Francisco y Lionel Messi, están a solo cinco personas de ti. Sin embargo antes de teclear la primera palabra de este artículo acabo de contactar a la persona número sesenta en mi desgastante búsqueda de Teodoro Espinosa. Al parecer, toda regla tiene su excepción.

Teo Espinosa
En enero de 2018 me acuclillé como un receptor de beisbol frente a uno de los anaqueles de la  librería de viejo de mi ciudad (Holguín), y extraje un minúsculo ejemplar. Un texto a todas luces insignificante, que nunca sabré porqué secreto misterio captó mi atención. Me incorporé y me detuve en la portada, sabiendo de antemano que lo compraría. Historia sobrenatural era su título, y un tal Teodoro Espinosa, su autor. Costaba solo tres pesos cubanos, unos quince centavos de dólar.

Después de admirar la cabeza de dragón que ocupaba dos tercios de la cubierta, eché un vistazo a los datos recogidos en la contraportada. Apenas un párrafo no exento de pretensiones, ubicado sobre la breve ficha curricular. En esas líneas, sobre las que volvería una y otra vez en los meses subsiguientes, se calificaba esta ópera prima como "animalia peculiarísima", quizás "bestiario inicial de nuestras letras".

Antes de llegar a la casa ya me había leído los cuatro párrafos introductorios que se alineaban bajo la palabra «Advertencia», a la que antecedían a su vez una dedicatoria (A Martica) y una frase de El deslinde del escritor mexicano Alfonso Reyes. Comencé a inquietarme. ¿Estaría en presencia del pionero de la criptozoología cubana? Este libro había sido publicado en 1988, solo cinco años después que John Wall acuñara el término Criptozoología. ¿1988? Pensándolo mejor, el texto estaba celebrando sus primeras tres décadas de existencia, así que esta cadena de azares concurrentes ajustaba como anillo al dedo para guisar un buen artículo. Si apelaba un poco al ego del escritor, podría arrebatarle a Teodoro Espinosa una entrevista con todas las de la ley. Solo faltaba localizarlo, hacer las presentaciones necesarias, y demostrar mi interés no fingido en Historia sobrenatural.

La reseña biográfica terminó por convencerme que nuestro hombre estaba sumergido hasta el cuello en el océano de la criptozoología. Los aportes más relevantes de esos lacónicos datos eran el año de su nacimiento (1943), el anuncio de la próxima aparición de su segundo libro (Usos de la razón), y el enunciado informativo: "Actualmente escribe una monografía cuyo título es Ovnis y extraterrestres".

No solo estábamos hablando de un bestiario que relacionaba seres inéditos en el contexto de las publicaciones cubanas de la época: unicornios, sirenas, serpientes marinas, dragones, vampiros y hombres-lobos, sino que en el momento de irrupción de su texto primogénito, ya andaba husmeando en el tema Ovni. Las dudas se esfumaron; mi piqueta de explorador había revelado (producto de una eventualidad) un auténtico tesoro antropológico: el pionero de la criptozoología cubana. Realicé un cálculo básico: 2018-194375. Un hombre de 75 años podía conservarse con absoluta vitalidad, pero también podía estar muerto.  No iba a seguir exprimiendo mi cerebro para extraer conjeturas, así que puse manos a la obra.

Removí cielo y tierra. Comencé por esas guías telefónicas ilegales que como aplicaciones para móviles se han difuminado a lo largo y ancho de nuestra geografía. Créanlo o no, en la actualidad hay en Cuba cinco coincidencias para la entrada «Teodoro Espinosa», y tres de esos hombres viven en La Habana. Ahora bien, ninguno había nacido en 1943. Una de mis más escabrosas sorpresas fue asimilar que Google era prácticamente un universo despoblado cuando trataba de personalizar una búsqueda con el criterio «Teodoro Espinosa, escritor cubano».

Hasta EcuRed ―la versión insular de la Wikipedia― se volvía un espacio yermo cuando me esforzaba por obtener alguna información actualizada al respecto. Me sentía como Javier Cercas reuniendo pistas sobre el soldado anónimo que decidió no fusilar a Rafael Sánchez Mazas. Pero lo que en verdad me espoleó a proseguir desentrañando el misterio, fue la confirmación de que en fecha tan reciente como 2010, Espinosa había publicado Apócrifos textualmente copiados, un minúsculo volumen que no sobrepasaba las cincuenta páginas, donde entre otros asuntos se refería al Kurak-tan, un animal con cabeza esférica y cuerpo de gato que se alimentaba de la memoria de los indígenas en determinada aldea. Del primero al último de sus libros, la criptozoología afloraba como un archipiélago insumergible, isla dentro isla que se negaba a ceder espacio ante las obsesiones que caracterizaron la narrativa cubana de los ochenta.

Fue navegando en Internet, en particular en el blog Fragmentos-Diarios, administrado por Maite Díaz González, hija del escultor abstraccionista cubano José Antonio Díaz Peláez, donde recibí el mazazo de la muerte de Teo. Mis sueños de entrevistarlo se astillaron contra un muro de silencio que ya me resultaba demasiado sospechoso. Entonces, en lugar de bajar los brazos, redirigí mis instrumentos de sondeo hacia el eslabón perdido, la quinta persona, ese que descorrería ante mi apetencia, el planeta Teo Espinosa.

Envié correos y dejé mensajes en los muros de Facebook de decenas de personas que creía cercanas a este autor: amigos de la infancia, editoras, directores de editoriales, compañeros de generación, funcionarios del sector de la cultura, narradores habaneros, profesores, en fin… Tres meses más tarde mi bandeja de correos continuaba deshabitada. Nunca fabulé que ir tras el rastro de un criptozoólogo podía ser tan embarazoso y apabullante como perseguir a un críptido. Durante todo un año, he pensado en más de una ocasión, deslizar el puntero del mouse hacia la carpeta «Teo Espinosa» en el escritorio de mi ordenador y hacer click en borrar. Para ventura de todos, mi testarudez se impuso.

Una mañana los anzuelos encarnados que mantenía flotando a la deriva comenzaron a agitar los flotadores. No voy a revelar los nombres de esos peces abisales que demostraron que no andaba tras un fantasma, pero compartiré algunos de sus secretos. Teodoro Espinosa pasó su infancia y adolescencia en el pequeño pueblo de Jaronú, en la región de Camagüey, zona central de Cuba. Las dos primeras fotos que localicé eran de esa época. En una de ellas, Teo y su amigo Norberto se inclinan sobre un puente de troncos para beber en un arroyo cercano a la pista de aviación del batey. Es posible que no tuvieran más de diez años. Ubicar una foto posterior en Google era utópico, hasta hoy.

Conocido por su erudición, su increíble avidez como lector y su facundia para sostener charlas hechizantes, Teo se codeó con lo más notable de la intelectualidad cubana de los ochenta. Constituía una presencia habitual en la sede de la UNEAC[1], de la UPEC[2], o en la Cinemateca de Cuba. Quienes lo conocieron lo evocan como un buen escritor, original y nunca bien leído, dotado de un fino sentido del humor, con un altísimo concepto del patriotismo y la amistad. Durante un tiempo impartió clases de Español-Literatura en la Escuela de Capacitación de la Industria Alimenticia ubicada en Amistad y San Rafael, mientras invertía su tiempo libre en  la traducción del inglés al español, y por supuesto, en la escritura.

En 1980 ante la marea humana que abordaba los barcos con destino a Estados Unidos por el puerto habanero del Mariel, Teo resolvió quedarse mientras rumiaba la conocida frase martiana: "Viví en el monstruo y conozco sus entrañas". Según las fuentes orales consultadas, Espinosa residió un tiempo en Norteamérica donde aprendió a dominar a la perfección el idioma, pero al no poder desligarse por completo de Cuba, terminó regresando al país. Además, sus amigos aseguran que Teo podía probar que José Julián Martí Pérez, nada más y nada menos que nuestro Héroe Nacional, era parte de su árbol genealógico.

En sus charlas deliciosas no faltaban los fenómenos Ovnis, los sucesos anómalos, los animales extraños, seres y circunstancias que tampoco se ausentaron de su literatura. A Historia sobrenatural, que cumple tres décadas en este 2018, le siguieron Usos de la razón (1989), libro de relatos donde en la pieza inicial, el conquistador español Pablo de Jesús es frecuentado por la presencia de un hada, luego aparecerían con carácter póstumo Biografía de fantasmas (1998) y Apócrifos textualmente copiados (2010). En 1993, cuando la crisis económica conocida como Período Especial en tiempos de paz alcanzaba su punto álgido, Teo Espinosa con solo cincuenta años, se encerró en su apartamento en el Vedado, y en la bañera, se trozó las venas hasta desangrarse.

Como palomitas de maíz, las respuestas explotaban ante mis ojos. Manos amigas enviaban desde Europa una foto de Teo en 1989, precisamente la que había elegido para la contraportada de Usos de la razón. Sus libros fluían hasta mi mesa de trabajo de regiones inverosímiles. Los dispuestos a tomar parte en una investigación casi policial, se sumaban a mi indagación personal. Contradictoriamente cada respuesta estimulaba un crecimiento exponencial de mis preguntas. ¿Alguna de las revistas nacionales publicaría Ovnis y extraterrestres? ¿Quiénes estuvieron detrás de los libros aparecidos en 1998 y 2010? ¿Qué hay de su familia? ¿La mujer, el hermano que reside en los Estados Unidos, el hijo único? ¿Por qué esta densa niebla sobre la superficie? ¿Acaso no comprenden la urgencia de que la obra de Teo sea revisitada en tiempos hechos de olvido y desmemoria? ¿Dónde permanece Biografía de fantasmas, ese texto que no he conseguido rastrear? ¿Qué desequilibro lo condujo inevitablemente al suicidio?

Vuelvo a lanzar anzuelos. He escrito con frenético golpeteo de teclas medio centenar de páginas sobre Teodoro Espinosa, y esa narración pugna por convertirse en libro. Celebrar el 30 aniversario de Historia sobrenatural, presentar al mundo científico al primer criptozoólogo cubano, ofrecerles una foto, y trazar las coordenadas de su convulsa existencia, pudieran hacerme sentir complacido. Pero solo estoy en la línea de arrancada. Ya  es bastante tarde para irme con mis cañas a otro lago. Mientras me sumerjo en estas turbias aguas donde todavía no vislumbro el fondo, una frase de Albert Camus, queda grabada en mi memoria, a salvo de la voracidad del Kurak-tan: “siempre hay algo conmovedor en el homenaje que un hombre le rinde a otro”.



[1] Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba
[2] Unión de Periodistas de Cuba




Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor multipremiado. Ha publicado los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013),  Raíz de yerba mate (2015) y Estética de la derrota (2017). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Colaborador asiduo de boletines, revistas y blogs de temáticas diversas. Aficionado a la criptozoología y a la pesca deportiva.




Moisés Mayán en Criptozoología en España: