martes, 6 de noviembre de 2018

Teo Espinosa, pionero de la criptozoología cubana, por Moisés Mayán


Estamos de enhorabuena. Moisés Mayán, amigo y colaborador de Criptozoología en España, publica en nuestro blog un nuevo e interesante artículo. Mayán –escritor, poeta, editor, investigador, criptozoólogo- bucea en los inicios de la criptozoología cubana para rescatar la olvidada figura de Teo Espinosa, el pionero de la divulgación del fenómeno de los animales extraños en la isla caribeña.
Disfruten de la lectura…


Teo Espinosa: pionero de la criptozoología cubana

Para V. Ponce
Por Moisés Mayán

Según la teoría del escritor húngaro Frigyes Karinthy, solo existen seis grados de separación entre una persona y otra. O sea, cinco intermediarios entre tú y ese ser que intentas localizar por todos los medios posibles. No importa en qué región del planeta se aíslen, Donald Trump, el Papa Francisco y Lionel Messi, están a solo cinco personas de ti. Sin embargo antes de teclear la primera palabra de este artículo acabo de contactar a la persona número sesenta en mi desgastante búsqueda de Teodoro Espinosa. Al parecer, toda regla tiene su excepción.

Teo Espinosa
En enero de 2018 me acuclillé como un receptor de beisbol frente a uno de los anaqueles de la  librería de viejo de mi ciudad (Holguín), y extraje un minúsculo ejemplar. Un texto a todas luces insignificante, que nunca sabré porqué secreto misterio captó mi atención. Me incorporé y me detuve en la portada, sabiendo de antemano que lo compraría. Historia sobrenatural era su título, y un tal Teodoro Espinosa, su autor. Costaba solo tres pesos cubanos, unos quince centavos de dólar.

Después de admirar la cabeza de dragón que ocupaba dos tercios de la cubierta, eché un vistazo a los datos recogidos en la contraportada. Apenas un párrafo no exento de pretensiones, ubicado sobre la breve ficha curricular. En esas líneas, sobre las que volvería una y otra vez en los meses subsiguientes, se calificaba esta ópera prima como "animalia peculiarísima", quizás "bestiario inicial de nuestras letras".

Antes de llegar a la casa ya me había leído los cuatro párrafos introductorios que se alineaban bajo la palabra «Advertencia», a la que antecedían a su vez una dedicatoria (A Martica) y una frase de El deslinde del escritor mexicano Alfonso Reyes. Comencé a inquietarme. ¿Estaría en presencia del pionero de la criptozoología cubana? Este libro había sido publicado en 1988, solo cinco años después que John Wall acuñara el término Criptozoología. ¿1988? Pensándolo mejor, el texto estaba celebrando sus primeras tres décadas de existencia, así que esta cadena de azares concurrentes ajustaba como anillo al dedo para guisar un buen artículo. Si apelaba un poco al ego del escritor, podría arrebatarle a Teodoro Espinosa una entrevista con todas las de la ley. Solo faltaba localizarlo, hacer las presentaciones necesarias, y demostrar mi interés no fingido en Historia sobrenatural.

La reseña biográfica terminó por convencerme que nuestro hombre estaba sumergido hasta el cuello en el océano de la criptozoología. Los aportes más relevantes de esos lacónicos datos eran el año de su nacimiento (1943), el anuncio de la próxima aparición de su segundo libro (Usos de la razón), y el enunciado informativo: "Actualmente escribe una monografía cuyo título es Ovnis y extraterrestres".

No solo estábamos hablando de un bestiario que relacionaba seres inéditos en el contexto de las publicaciones cubanas de la época: unicornios, sirenas, serpientes marinas, dragones, vampiros y hombres-lobos, sino que en el momento de irrupción de su texto primogénito, ya andaba husmeando en el tema Ovni. Las dudas se esfumaron; mi piqueta de explorador había revelado (producto de una eventualidad) un auténtico tesoro antropológico: el pionero de la criptozoología cubana. Realicé un cálculo básico: 2018-194375. Un hombre de 75 años podía conservarse con absoluta vitalidad, pero también podía estar muerto.  No iba a seguir exprimiendo mi cerebro para extraer conjeturas, así que puse manos a la obra.

Removí cielo y tierra. Comencé por esas guías telefónicas ilegales que como aplicaciones para móviles se han difuminado a lo largo y ancho de nuestra geografía. Créanlo o no, en la actualidad hay en Cuba cinco coincidencias para la entrada «Teodoro Espinosa», y tres de esos hombres viven en La Habana. Ahora bien, ninguno había nacido en 1943. Una de mis más escabrosas sorpresas fue asimilar que Google era prácticamente un universo despoblado cuando trataba de personalizar una búsqueda con el criterio «Teodoro Espinosa, escritor cubano».

Hasta EcuRed ―la versión insular de la Wikipedia― se volvía un espacio yermo cuando me esforzaba por obtener alguna información actualizada al respecto. Me sentía como Javier Cercas reuniendo pistas sobre el soldado anónimo que decidió no fusilar a Rafael Sánchez Mazas. Pero lo que en verdad me espoleó a proseguir desentrañando el misterio, fue la confirmación de que en fecha tan reciente como 2010, Espinosa había publicado Apócrifos textualmente copiados, un minúsculo volumen que no sobrepasaba las cincuenta páginas, donde entre otros asuntos se refería al Kurak-tan, un animal con cabeza esférica y cuerpo de gato que se alimentaba de la memoria de los indígenas en determinada aldea. Del primero al último de sus libros, la criptozoología afloraba como un archipiélago insumergible, isla dentro isla que se negaba a ceder espacio ante las obsesiones que caracterizaron la narrativa cubana de los ochenta.

Fue navegando en Internet, en particular en el blog Fragmentos-Diarios, administrado por Maite Díaz González, hija del escultor abstraccionista cubano José Antonio Díaz Peláez, donde recibí el mazazo de la muerte de Teo. Mis sueños de entrevistarlo se astillaron contra un muro de silencio que ya me resultaba demasiado sospechoso. Entonces, en lugar de bajar los brazos, redirigí mis instrumentos de sondeo hacia el eslabón perdido, la quinta persona, ese que descorrería ante mi apetencia, el planeta Teo Espinosa.

Envié correos y dejé mensajes en los muros de Facebook de decenas de personas que creía cercanas a este autor: amigos de la infancia, editoras, directores de editoriales, compañeros de generación, funcionarios del sector de la cultura, narradores habaneros, profesores, en fin… Tres meses más tarde mi bandeja de correos continuaba deshabitada. Nunca fabulé que ir tras el rastro de un criptozoólogo podía ser tan embarazoso y apabullante como perseguir a un críptido. Durante todo un año, he pensado en más de una ocasión, deslizar el puntero del mouse hacia la carpeta «Teo Espinosa» en el escritorio de mi ordenador y hacer click en borrar. Para ventura de todos, mi testarudez se impuso.

Una mañana los anzuelos encarnados que mantenía flotando a la deriva comenzaron a agitar los flotadores. No voy a revelar los nombres de esos peces abisales que demostraron que no andaba tras un fantasma, pero compartiré algunos de sus secretos. Teodoro Espinosa pasó su infancia y adolescencia en el pequeño pueblo de Jaronú, en la región de Camagüey, zona central de Cuba. Las dos primeras fotos que localicé eran de esa época. En una de ellas, Teo y su amigo Norberto se inclinan sobre un puente de troncos para beber en un arroyo cercano a la pista de aviación del batey. Es posible que no tuvieran más de diez años. Ubicar una foto posterior en Google era utópico, hasta hoy.

Conocido por su erudición, su increíble avidez como lector y su facundia para sostener charlas hechizantes, Teo se codeó con lo más notable de la intelectualidad cubana de los ochenta. Constituía una presencia habitual en la sede de la UNEAC[1], de la UPEC[2], o en la Cinemateca de Cuba. Quienes lo conocieron lo evocan como un buen escritor, original y nunca bien leído, dotado de un fino sentido del humor, con un altísimo concepto del patriotismo y la amistad. Durante un tiempo impartió clases de Español-Literatura en la Escuela de Capacitación de la Industria Alimenticia ubicada en Amistad y San Rafael, mientras invertía su tiempo libre en  la traducción del inglés al español, y por supuesto, en la escritura.

En 1980 ante la marea humana que abordaba los barcos con destino a Estados Unidos por el puerto habanero del Mariel, Teo resolvió quedarse mientras rumiaba la conocida frase martiana: "Viví en el monstruo y conozco sus entrañas". Según las fuentes orales consultadas, Espinosa residió un tiempo en Norteamérica donde aprendió a dominar a la perfección el idioma, pero al no poder desligarse por completo de Cuba, terminó regresando al país. Además, sus amigos aseguran que Teo podía probar que José Julián Martí Pérez, nada más y nada menos que nuestro Héroe Nacional, era parte de su árbol genealógico.

En sus charlas deliciosas no faltaban los fenómenos Ovnis, los sucesos anómalos, los animales extraños, seres y circunstancias que tampoco se ausentaron de su literatura. A Historia sobrenatural, que cumple tres décadas en este 2018, le siguieron Usos de la razón (1989), libro de relatos donde en la pieza inicial, el conquistador español Pablo de Jesús es frecuentado por la presencia de un hada, luego aparecerían con carácter póstumo Biografía de fantasmas (1998) y Apócrifos textualmente copiados (2010). En 1993, cuando la crisis económica conocida como Período Especial en tiempos de paz alcanzaba su punto álgido, Teo Espinosa con solo cincuenta años, se encerró en su apartamento en el Vedado, y en la bañera, se trozó las venas hasta desangrarse.

Como palomitas de maíz, las respuestas explotaban ante mis ojos. Manos amigas enviaban desde Europa una foto de Teo en 1989, precisamente la que había elegido para la contraportada de Usos de la razón. Sus libros fluían hasta mi mesa de trabajo de regiones inverosímiles. Los dispuestos a tomar parte en una investigación casi policial, se sumaban a mi indagación personal. Contradictoriamente cada respuesta estimulaba un crecimiento exponencial de mis preguntas. ¿Alguna de las revistas nacionales publicaría Ovnis y extraterrestres? ¿Quiénes estuvieron detrás de los libros aparecidos en 1998 y 2010? ¿Qué hay de su familia? ¿La mujer, el hermano que reside en los Estados Unidos, el hijo único? ¿Por qué esta densa niebla sobre la superficie? ¿Acaso no comprenden la urgencia de que la obra de Teo sea revisitada en tiempos hechos de olvido y desmemoria? ¿Dónde permanece Biografía de fantasmas, ese texto que no he conseguido rastrear? ¿Qué desequilibro lo condujo inevitablemente al suicidio?

Vuelvo a lanzar anzuelos. He escrito con frenético golpeteo de teclas medio centenar de páginas sobre Teodoro Espinosa, y esa narración pugna por convertirse en libro. Celebrar el 30 aniversario de Historia sobrenatural, presentar al mundo científico al primer criptozoólogo cubano, ofrecerles una foto, y trazar las coordenadas de su convulsa existencia, pudieran hacerme sentir complacido. Pero solo estoy en la línea de arrancada. Ya  es bastante tarde para irme con mis cañas a otro lago. Mientras me sumerjo en estas turbias aguas donde todavía no vislumbro el fondo, una frase de Albert Camus, queda grabada en mi memoria, a salvo de la voracidad del Kurak-tan: “siempre hay algo conmovedor en el homenaje que un hombre le rinde a otro”.



[1] Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba
[2] Unión de Periodistas de Cuba




Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor multipremiado. Ha publicado los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013),  Raíz de yerba mate (2015) y Estética de la derrota (2017). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Colaborador asiduo de boletines, revistas y blogs de temáticas diversas. Aficionado a la criptozoología y a la pesca deportiva.




Moisés Mayán en Criptozoología en España:



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