jueves, 23 de enero de 2020

Koalas y tilacinos: el fuego de la extinción, por Moisés Mayán


No es un oso de peluche, es un koala. Un marsupial endémico de Australia, el último superviviente de la familia de los fascolárctidos. Ni siquiera Juan Pablo II o Barack Obama resistieron la tentación de hacerse una foto arrullando un koala. Paul McCartney y Michael Jackson no pudieron sustraerse al influjo del tierno comedor de eucaliptos y le hicieron una canción en 1983. Un año muy significativo en mi propia vida.

El autor junto al tilacino del Museo de Ciencias Naturales de Madrid

Los recientes incendios en Nueva Gales del Sur (Australia), colocaron al koala en los titulares de miles de publicaciones, pues se calcula que las llamas han diezmado de una forma considerable su población. Sin embargo, el comienzo del fin de la historia de estos populares arborícolas, activó su cuenta regresiva mucho antes de las olas de calor y las severas sequías que han azotado a la isla-continente.

Aunque los aborígenes australianos solían incluir al koala en su dieta, fueron los colonos europeos quienes los capturaron de forma masiva para satisfacer la alta demanda que generaban sus pieles. El escritor Vance Palmer argumentaba en una carta al periódico The Courier-Mail: ‟La caza de nuestro inofensivo y adorable oso nativo es nada menos que una barbarie”. La tala de miles de hectáreas de bosques, la construcción de urbanizaciones y carreteras, la drástica fragmentación de su hábitat, y el devastador efecto de la bacteria Chlamydia Pecorum, han abocado al koala al despeñadero de la extinción.

Según la Fundación Australiana del Koala, antes de la propagación descontrolada de los incendios, la especie se hallaba en ‟extinción funcional”, a lo que se suma en la actualidad la pérdida de unos 30 mil ejemplares y la destrucción del 80 por ciento de los bosques de eucaliptos. Frente a la conmovedora imagen de un bombero que comparte su botella de agua con un sediento koala, no puedo sustraerme a la evocación de otro marsupial australiano, también superviviente de su estirpe, el lobo de Tasmania o Tilacino.


En cuanto comencé a dar palos de ciego en el apasionante universo de la Criptozoología, una de las criaturas que captó mi atención de inmediato, fue el Tilacino, el marsupial carnívoro del Holoceno que logró sobrevivir hasta los años treinta del siglo xx. Después de engullir cada página de El libro de los animales misteriosos de Lothar Frenz, de zamparme la monografía La lección del lobo marsupial del Dr. Pedro Galán, de revisar decenas de páginas generadas a partir de este singular depredador, e incluso, de descargar los siete videos del Museo Virtual del Tilacino, solo me restaba un peldaño, tropezarme con un ejemplar.

Cuando los europeos desembarcaron en Tasmania, la población de tilacinos se estimaba entre 1500 y 2000 ejemplares, pues como había acontecido con los koalas, los aborígenes lo empleaban como alimento. Sin embargo, este marsupial no tuvo jamás el glamour del koala, por el contrario, fue aborrecido y tildado de ‟alimaña”. El Dr. Pedro Galán cita al conocido naturalista alemán Alfred E. Brehm quien cataloga al tilacino de ‟estúpido y obtuso como toda su parentela”. Con el incremento de la cría de ovejas en la isla de Tasmania a partir de 1820, el tilacino se convirtió en el enemigo a derrotar. Los colonos no invirtieron su tiempo y recursos en comprobar que las presas del tigre tasmano rara vez superaban los 5 kilogramos de peso, y de forma expedita lo calificaron como ‟despiadado asesino de ovejas”, fomentando una campaña de exterminio contra la especie.

Los enardecidos granjeros exigían un ‟chivo expiatorio”, y la suerte no recayó sobre los perros asilvestrados, los ladrones de ganado, o las técnicas erróneas de pastoreo en lugares inhóspitos, sino sobre el tilacino. Las recompensas por eliminar lobos marsupiales estaban a la orden del día entre 1888 y 1909, y contaban además con el apoyo gubernamental. Me detengo en una foto de Jo Calaby tomada en 1901, donde dos lobos de Tasmania son exhibidos como trofeos de caza, colgados de sus cuartos traseros junto a pequeños canguros. Las pieles de los tilacinos eran demandadas por la moda europea, mientras varios zoológicos del mundo reclamaban ejemplares vivos.

En 1930, en el noreste de Tasmania, un joven granjero de nombre Wilfried Batty, abatió con su escopeta al último tilacino salvaje, y la mañana del 7 de septiembre de 1936, en el zoológico de Hobart, murió de frío Benjamín, el último espécimen en cautiverio. El encargado colocó con desgana el cuerpo sobre una carretilla y se dispuso a tirarlo a la basura. El tilacino que no había interesado vivo, seguramente no despertaría la curiosidad de nadie, una vez muerto. Como colosal ironía, cabría mencionar que en 1936 se dictó la  ley de protección total del lobo de Tasmania, solo dos meses antes de la muerte de Benjamín.

Benjamín, el -ultimo tilacino
Con el paso de los años las recompensas para exterminar lobos marsupiales se transformaron rápidamente en cuantiosas sumas a disposición de aquellos que aportaran pruebas tangibles de su existencia. En 1963, Eric Guiler, uno de los mayores expertos en la especie, diseminó por los bosques más de 1500 lazos pero solo atrapó diablos de Tasmania, wombats y canguros jóvenes. La World Wildlife Fund financió un rastreo con cámaras automáticas adosadas a los árboles a principios de los ochenta, pero no consiguió ningún resultado alentador. El multimillonario Ted Turner estuvo dispuesto a desembolsar 100 mil dólares a quien pudiera presentarle un ejemplar vivo, mientras el empresario Meter Wright elevó la cifra a 250 mil, pero nadie se presentó para cobrar la recompensa.

Desde la lamentable pérdida de Benjamín, hace poco más de 80 años, los avistamientos del tilacino se han sucedido con relativa frecuencia, no solo en Tasmania, sino en Australia donde se extinguieron dos milenios atrás al no poder competir con los humanos y los dingos. Muchos consideran más factible que el lobo marsupial atraviese algún día las puertas de nuestros modernos laboratorios genéticos y salga otra vez al mundo, que lo haga corriendo bajo las ramas de los secos bosques de eucaliptos. Por lo tanto, el lobo o tigre de Tasmania, ha ingresado al dominio casi exclusivo de los criptozoólogos.

En mi caso particular, el 25 de octubre de 2019, me encontré por primera vez a escasos centímetros de un auténtico tilacino. Creo necesario acotar que no andaba explorando la localidad de St. Helen en la costa oriental de Tasmania, ni paseando por las inmediaciones del monte Carstensz en Papúa Occidental, o rescatando koalas en los calcinados bosques de Nueva Gales del Sur, sino en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Es hora de que reconozcamos que la gran estrella de este museo no está recluida a la sala de Fósiles y evolución humana, o sea, no son el Megaterio, un perezoso de gran talla traído de la Argentina en el siglo xviii, ni la réplica de Diplodocus donada por Andrew Carnegie, y en cuya presencia se hicieron fotografiar en 1913 la reina Doña María Sofía y la Infanta Beatriz.

El premio de la popularidad se lo lleva la naturalización del tilacino. Por tres euros con cincuenta centavos, no solo estuve frente al primer lobo de Tasmania de mi breve carrera criptozoológica, sino además, conté con la amabilidad del velador de la sala, quien nos tomó una foto histórica, por lo menos para mí. Este ejemplar, a diferencia de los que se encuentran en otros museos, nos resulta increíblemente familiar, quizás por su parecido con un perro doméstico, y yo añadiría, con un ‟callejero común”, como los que he visto deambular por los barrios de La Habana.

El tilacino del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, no exhibe la agresiva pose del espécimen que nos topamos por ejemplo en el Museo de Praga, un animal que insiste en mostrar sus colmillos al curioso visitante. A excepción de las oscuras franjas que le atraviesan la espalda y que justifican su denominación como ‟tigre”, el tilacino madridista comprado a la compañía de taxidermia británica Rowland Ward, parece que de un instante a otro, agitará la cola de contento y nos humedecerá las manos con su lengua.

Tal como afirma el Dr. Galán, con la extinción del lobo marsupial, la humanidad no ha conseguido recuperarse del complejo de culpa que pesa sobre la conciencia colectiva. Además de ser el símbolo de Tasmania, el tilacino tampoco escapa de erigirse como protagonista de videojuegos, estampillas postales, cervezas de Cascade Brewery, o mascota de un equipo de críquet, y en la propia Australia, cada 7 de septiembre se celebra el Día Nacional de la Especies Amenazadas, precisamente en conmemoración de la muerte de Benjamín.

¿Qué intento anticipar con este artículo? [El 20 de marzo de 2059, el turista francés Charles Cornet, quien se desplazaba en su kayak por la corriente del río Murray, en Australia Meridional, aseguró haber visto un marsupial muy parecido a un koala en las ramas altas de un eucalipto. Aunque Cornet desembarcó de inmediato y recorrió buena de la zona donde había avistado al marsupial, lo cierto fue que no localizó al koala, al eucalipto, ni siquiera excretas, pelos, o cualquier otro tipo de prueba que demostrara que no estaba padeciendo alucinaciones. Ninguno de los periódicos locales aceptó publicar su relato, pues no solo esa zona, sino cada uno de los escasos bosques de eucaliptos de Australia había sido explorado durante más de tres décadas en busca de koalas, sin producir un solo resultado promisorio].

No olvido que soy un escritor de ficción ni siquiera cuando me arrastro con torpeza por los túneles de las Ciencias Naturales. También parecían tratarse de pura ficción, los textos que en los albores del siglo xx, vaticinaban la extinción del tilacino. Dos marsupiales endémicos de Australia, dos supervivientes de sus familias, amenazados por el fuego de la extinción. Uno, el lobo de Tasmania, odiado y perseguido por furibundos granjeros hasta su desaparición. Otro, el koala, glamoroso y delicado como pocos.

Cruzo los dedos bajo la mesa para que mi encuentro con el koala no se produzca en el Museo Victoria de Melbourne, donde yace disecado Sam, un mediático ejemplar que dio la vuelta al mundo cuando coló su lengua en la botella del bombero Dave Tree en febrero de 2009. ¿Cuán cerca estamos de la muerte del último koala? La antorcha de la extinción sigue flameando en la mano del más peligroso de todos seres que habitan el planeta, el hombre.



Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Licenciado en Historia. Poeta, narrador y editor. Ha publicado los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013), y Raíz de yerba mate (2015). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Colaborador asiduo de boletines, revistas y blogs de temáticas diversas. Aficionado a la criptozoología y a la pesca deportiva.




Para saber más:

Muchas gracias a Moisés Mayán por querer publicar su nuevo artículo en Criptozoología en España. Si deseas leer los demás trabajos de este genial investigador puedes hacerlo en los siguientes enlaces:




No hay comentarios: